Jardín de invierno

La mariposa negra sigue arriba de la puerta, como pegada en el marco. Hace dos días que no se mueve. Hace dos días que no me muevo. Tengo miedo de despertarla. Puede ser que esté dormida pero no sé. Puede ser que esté muerta pero no quiero arriesgarme. ¿Y si está viva? Es demasiado grande y asquerosa como para arriesgarme.

Hay belleza en la oscuridad a su alrededor, pero en ella no puedo ver nada hermoso. Si al menos respirara, podría saber si está viva. Si tuviera ojos podría saber si me mira. Pero no tiene y no respira y me da miedo. Si me muevo podría salir volando y se chocaría con las paredes del cuarto, y conmigo. Es demasiado grande para volar adentro de este cuarto.

¿Y si me tiene miedo? Tal vez si me mira, y también me tiene miedo. Pero está de espaldas, tal vez tiene ojos en la espalda. Si me mira y me tiene miedo y está inmóvil puede ser que nunca salgamos de este cuarto.

La tía Olga abre la puerta y entra. La mariposa no se mueve. La tía Olga no la ve, está a sus espaldas. La tía Olga me mira y lo sé porque ella si tiene ojos y los tiene en la cara. Me pone una mano en la frente, frunce el ceño. Me toma el pulso. Mira su reloj. Me destapa y estoy desnuda. Mete su dedo en mi vagina y me duele. Saca el dedo y exclama con orgullo – ¡es bien virgen esta niña! – y sonríe como escuchando a un público invisible que la aclama. Mete dos dedos ahora y me duele más. Los saca y están ensangrentados. – Ahora ya no es más una niña, es una SE ÑO RITA- dice solemnemente y me mira diferente, como si mirara a un ser con algún valor. No entiendo que cambió pero ella parece satisfecha. La mariposa parece mover las alas, hago foco pero creo que lo imaginé. Está inmóvil como siempre. Quiero comer, quiero decir, pero no puedo. La tía Olga da media vuelta y camina hasta la puerta. Se va.

Siento cosquillas y dolor donde estuvieron los dedos. Hay menos presión en mi panza. Estoy húmeda pero no puedo ver. Cierro los ojos y voy a ese lugar donde siempre encuentro a Laureano, el patio de la casa que compramos juntos. Una viejita muy parecida a su abuela es la dueña y nos hace un muy buen precio porque le gusta que una parejita joven se quede con la casa y le dé nueva vida.

– Ya me imagino a los niños corriendo por el patio como corrieron mis hijos hace tantos años… – dice ella y los ojos se le humedecen un poco. Nosotros miramos la casa y no lo podemos creer, estamos tan maravillados que no escuchamos a la señora planeándonos el futuro. La casa tiene techos altos, cuartos grandes y hasta un jardín de invierno. Entra luz y aire por todos lados. Cuando salimos al patio terminamos de convencernos, es enorme con pasto verde intenso, árboles, nidos de pájaros. Es fácil imaginarse a los niños corriendo felices. Yo los imagino pero es un cuadro mudo, como las niñas de Petrona Viera. Corren sin hacer ruido y no tienen caras. No me detengo a pensarlo porque veo a Laureano. El sí tiene cara. Una cara hermosa con una sonrisa enorme. Él sí escucha a los niños. El viento sopla, lo sé por el ruido de las hojas y porque siento que me pega en la cara. Pero es aire caliente, aire de alas de mariposa. Abro los ojos. Ella sigue ahí, inmóvil. El aire no era aire de ala de mariposa, era solo aire del patio de la casa que aparece cuando cierro los ojos. La casa que casi compramos con Laureano.

Creo que está más cerca. ¿Se acercó? ¿Se hizo más grande? ¿O el cuarto se encogió? La nariz se me tapa, no puedo respirar bien. Si me agito mucho seguramente vuelva la tía Olga. Trato de tranquilizarme. No es tan fácil porque la mariposa está más cerca. Ahora la veo bien, lo que parecían manchas blancas son complicados dibujos, como fractales. Las líneas son finas. Confirmo que no tiene ojos pero sé que me mira. Por algún rincón de su estructura de papel me está mirando. ¿Por qué es tan asquerosa si no hace nada más que ser y acercarse? Ahora no parece tenerme miedo.

Ya van a ser tres días. Se escondió el sol de nuevo, o es ella que lo tapa. Está tan oscuro que no necesito cerrar los ojos para volver a la casa donde está Laureano. Está porque yo lo puse ahí, y no creo que pueda salir. La última vez que lo vi afuera estaba de espaldas. Tenía puesta una campera azul. Me dijo -bye girl- y se fue. Me acuerdo de su espalda, y de la sensación de estar flotando sobre un cráter enorme.

La tía Olga entró de nuevo sin golpear. La mariposa parece no verla, ella tampoco ve a la mariposa que está muy cerca. Me destapa y estoy desnuda. Saca la sábana que está manchada de sangre y la cambia por otra blanca. Me limpia y me pone una bombacha blanca que no va a tardar en mancharse.

En el patio de la casa no hay niños corriendo, está vacío. El pasto está seco, el viento sopla fuerte. Adentro hay gente que gime y grita de placer. Se abren y se cierran las puertas. Las ventanas se golpean. Los papeles vuelan. Siento que el aire se agita y me pega en la cara. Los que gimen son ellos, son otros. No somos Laureano y yo. Tal vez es él con alguien más. No importa. Ahora estoy lejos, como pegada en el marco de la puerta. Podría moverme, podría abrir los ojos para verlos.  Pero mejor no, porque me sentiría mal y cuando me siento mal me agito y si me agito viene la tía Olga. Y no quiero.

Anuncios

Rabia

Cuidado pequeña porque cuando pase serás escombro, serás pisada. Mis dedos en el pescuezo serán parte de vos. Serás. Cuidado porque la garganta suave más fácil se desarma. Cuidado porque a las putas por putas les pasa. Cuidado porque a las brujas se les quema en las llamas la garganta.

Pensá, así con esta mano que te aprieta el cuello pensá. ¿Por qué no podés pensar? ¿Será porque imaginás una mano filosa que atraviesa la carne blanda? ¿Será porque mi lengua es una piedra de afilar? Te aprieta, chiquita, más fuerte. Ahora hablá. ¿Sos muda? ¿Por qué no hablás?

El aire no quería pasar. Vi una calle oscura, mojada. Una calle oscura dentro de la casa cerrada donde no pasaba nada. Sólo esa mano en la garganta que se cerraba. Dedos gruesos, uñas comidas que se cerraban. Esa cara era una calle oscura. Esa cara era una calle llena de huecos, de escombros, de pisadas. Esa cara era la piedra, la lápida, pasos, pozos, anzuelos, navajas afiladas.

Quise hacer una pared con palabras pero el nudo en la garganta pesaba. El puño cerrado apretaba las palabras. El nudo latía bajo la mano pesada. La boca abierta como pescado fuera del agua, el fuego que se me revolvía en las entrañas. Escuché un murmullo que se hacía espeso. Desde abajo de la tierra alguien gritaba. El fuego se hizo lava espesa en las entrañas.

Y grité. Grité bajo las compuertas herrumbradas, para destrabarlas. Grité con el miedo y los dedos serpenteándome en la garganta. Grité para que se escuchara afuera del sarcófago que era esa casa. Grité en la cara de las madres espantadas. Grité para que los vecinos me oyeran y se atragantaran. Grité a los parientes muertos y a las partes amputadas. Grité para alejar la peste de siete caras. Para matar al torero y despellejarlo en la plaza.

Grité con el útero, la vagina y la garganta. Grité y parí el viento, la tormenta, la manada. Grité y parí sangre espesa, parí odio directo a sus caras. Grité y arranqué de un mordisco el dedo que me penetraba.

Partí los espejos, estallé las ventanas, demolí la casa. Recordé viejas derrotas apolilladas. Grité para que hasta las lamias se despertaran. Mi bisabuela gritaba conmigo, desde abajo de la tierra también gritaba. Y mi madre, mi abuela y mis hermanas. Todas raíces, todas trenzadas gritaban. Grité porque en mi pueblo todos querían que cantara.

El minuto del lobo

Juan miró a través de la ventana de la cabaña. La oscuridad era tal que no podría adivinarse dónde terminaba el mar y dónde empezaba el cielo nocturno. Alma estaba a su lado como todas las madrugadas pero él se sentía solo. No era la soledad tranquilizadora y fértil que añoraba en los momentos de creación, aquella que lo había llevado a convencer a su esposa de mudarse a esa isla inhóspita. Esta era una soledad devastadora. Seguir leyendo “El minuto del lobo”