Rabia

Cuidado pequeña porque cuando pase serás escombro, serás pisada. Mis dedos en el pescuezo serán parte de vos. Serás. Cuidado porque la garganta suave más fácil se desarma. Cuidado porque a las putas por putas les pasa. Cuidado porque a las brujas se les quema en las llamas la garganta.

Pensá, así con esta mano que te aprieta el cuello pensá. ¿Por qué no podés pensar? ¿Será porque imaginás una mano filosa que atraviesa la carne blanda? ¿Será porque mi lengua es una piedra de afilar? Te aprieta, chiquita, más fuerte. Ahora hablá. ¿Sos muda? ¿Por qué no hablás?

El aire no quería pasar. Vi una calle oscura, mojada. Una calle oscura dentro de la casa cerrada donde no pasaba nada. Sólo esa mano en la garganta que se cerraba. Dedos gruesos, uñas comidas que se cerraban. Esa cara era una calle oscura. Esa cara era una calle llena de huecos, de escombros, de pisadas. Esa cara era la piedra, la lápida, pasos, pozos, anzuelos, navajas afiladas.

Quise hacer una pared con palabras pero el nudo en la garganta pesaba. El puño cerrado apretaba las palabras. El nudo latía bajo la mano pesada. La boca abierta como pescado fuera del agua, el fuego que se me revolvía en las entrañas. Escuché un murmullo que se hacía espeso. Desde abajo de la tierra alguien gritaba. El fuego se hizo lava espesa en las entrañas.

Y grité. Grité bajo las compuertas herrumbradas, para destrabarlas. Grité con el miedo y los dedos serpenteándome en la garganta. Grité para que se escuchara afuera del sarcófago que era esa casa. Grité en la cara de las madres espantadas. Grité para que los vecinos me oyeran y se atragantaran. Grité a los parientes muertos y a las partes amputadas. Grité para alejar la peste de siete caras. Para matar al torero y despellejarlo en la plaza.

Grité con el útero, la vagina y la garganta. Grité y parí el viento, la tormenta, la manada. Grité y parí sangre espesa, parí odio directo a sus caras. Grité y arranqué de un mordisco el dedo que me penetraba.

Partí los espejos, estallé las ventanas, demolí la casa. Recordé viejas derrotas apolilladas. Grité para que hasta las lamias se despertaran. Mi bisabuela gritaba conmigo, desde abajo de la tierra también gritaba. Y mi madre, mi abuela y mis hermanas. Todas raíces, todas trenzadas gritaban. Grité porque en mi pueblo todos querían que cantara.

Anuncios

El minuto del lobo

Juan miró a través de la ventana de la cabaña. La oscuridad era tal que no podría adivinarse dónde terminaba el mar y dónde empezaba el cielo nocturno. Alma estaba a su lado como todas las madrugadas pero él se sentía solo. No era la soledad tranquilizadora y fértil que añoraba en los momentos de creación, aquella que lo había llevado a convencer a su esposa de mudarse a esa isla inhóspita. Esta era una soledad devastadora. Seguir leyendo “El minuto del lobo”