La taba

La taba

– Es un varoncito por fin, estoy segura Justino- dijo Soledad agarrándose el vientre. Cuando la contracción fue demasiado intensa tomó la mano de su marido y la apretó con fuerza. Justino no pudo más que estremecerse ante aquella premonición. No podía decirle a su mujer que estaba en lo cierto, que él lo sabía hacía ya tres meses. Tampoco podía decirle que su propia torpeza había convertido lo que más añoraba en una horrible maldición.

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