Flamingos

 

I.

 

La terminal estaba abarrotada de gente que se refugiaba de la lluvia y el frío. Hombres, mujeres, niños caminaban en todas direcciones mirando las vidrieras de los locales en el sector del shopping.

Clara los observaba sin comprender el motivo de tanta agitación. Pensó en ir al supermercado para matar el tiempo pero inmediatamente recordó al guardia. Cuando era chica le encantaba revolver la góndola de los peluches en el supermercado, sentir sus suaves texturas en los dedos y en las mejillas. Luego de un rato veía la mirada del guardia que se asomaba por el pasillo. Los ojos celestes se clavaban en ella y la miraban fijamente para que desistiera de sus intenciones, aunque supiera que no iba a robar nada. Clara dejaba los peluches en su lugar y seguía su camino sabiendo que el domingo siguiente la historia se repetiría. Años después el guardia seguía siendo el mismo.

Unos domingos atrás lo vio mirándola en el corredor de los peluches pero su mirada no era de enojo, era algo diferente. Era como una masa pegajosa y densa que se le pegaba a Clara en la cara, en el pecho y se derramaba hasta la altura de sus muslos. Desde ese día nunca más revolvió la góndola de los peluches.

 

II.

Miró el reloj, se le había hecho tarde así que fue hacia la puerta. Al salir a la calle el viento helado le golpeó la cara. Ya no llovía pero una nube negra venía desde el río y se alzaba como un monstruo enorme. Caminó hasta la plaza, las luces estaban casi todas apagadas a excepción de las que iluminaban la estatua de Artigas. Fue hacia el banco en donde sabía que estaría Lucho.

Allí estaba, de espaladas a ella en un banco que daba a la calle Casagrande. Apenas lo distinguió en la penumbra pero sabía que era él. Se sentó a su lado y lo miró. Tenía unos veinticinco años, para Clara era todo un viejo. Parecía una estatua, más duro que Artigas sobre su caballo de metal. A pesar de todo le parecía lindo.

– Hola Lucho.

– Ah, hola. ¿Vos sos la prima del Gonza?

– Si.

– ¡Fa, estás re grande! ¿Qué edad tenés?

– Catorce.

Él la miró y pareció dudar, luego estiró la mano y le entregó una bolsita de nylon transparente doblada y cerrada con una cinta adhesiva.

-Acá tenés.- Le dijo.

Clara miró la bolsa, no se veía nada en su interior, solo pliegues y pliegues de nylon plateado.

– Acá no hay nada.- Dijo con desconfianza.

– ¡Cómo que nada! Son cápsulas muy chiquitas, si no las envuelvo así se me pierden.

– Ah.

– ¿Alguna vez tomaste?

Clara negó con la cabeza mientras examinaba la bolsita.

– Ta, ahí hay tres pero tomate una sola. Después si te sentís bien podes tomar de a dos. Pero ahora tomate UNA SOLA – le dijo levantando el dedo índice.

– Dale, ¿cuánto te debo?

– Nada flaca, sos la primita del Gonza. Cuando empieces a ir a los bailes me invitas una chela.

– ¡Ya voy a los bailes! – mintió ofendida.

– Bueno, entonces nos vemos un día de estos. – Lucho se levantó y comenzó a caminar lentamente, sin mover los brazos.

 

III.

Cuando Clara llegó a su casa el silencio y la oscuridad eran absolutos. Su madre no estaba. Fue hasta la habitación que como siempre era un desastre. La cama sin tender, la mesa de luz regada de tazas y platos con restos de comida. La silla y el escritorio habían sido engullidos por una pila de ropa, casi toda sucia. Era un caos, pero a ella le gustaba así.

Sacó de la campera la bolsita que le había dado Lucho. Se desvistió y se metió en la cama. Desdobló el nylon hasta llegar a una cajita de plástico del tamaño de la uña de un pulgar. La abrió con mucho cuidado y allí estaban, tres cápsulas negras y diminutas de DMC.

Su corazón se aceleró. – Hoy voy a soñar por primera vez- pensó.  Sacó una de las cápsulas de la cajita y se la puso debajo de la lengua. Luego de unos segundos un gusto metálico pareció estallar en su boca. Se recostó en la cama tratando de no pensar.

A los pocos minutos comenzó a adormecerse.

 

IV.

Cuando despertó estaba en la casa de su infancia. Salió al patio, un gran parque con olor a pasto recién cortado. Se sorprendió al ver su reflejo en el vidrio de la ventana. Se sentía como ella pero no era ella. Era más alta y tenía el pelo largo, enrulado y rubio adornado con dos grandes moñas celestes. El vestido también era celeste y encima tenía un delantal blanco.

Giró sobre sus talones y ya no vio el patio de su infancia sino una pradera. El pasto ahora era fluorescente salpicado por pequeños animales blancos. A lo lejos las montañas se alzaban majestuosas.

– Maddie. – Le dijo alguien a sus espaldas.

Era un hombre de unos cuarenta años, alto de espalda ancha y enormes ojos azules. Su cabello era como el de Maddie pero un poco más corto. Clara lo miró y supo que era su padre, pero a la vez no lo era. El la miró con ternura y ella se sonrojó.

– ¿Qué animales son esos?- Le preguntó Maddie.

– Son flamingos.- Contestó él.

– No son flamingos.

– Si son flamingos, porque yo quiero flamingos.

– Entonces querés un jardín.- Dijo ella con convicción. El hombre la miró sonriendo tiernamente y negó con la cabeza. – Si no querés un jardín entonces no querés flamingos.- retomó ella.

– Que frase tan filosófica. – dijo él entre risas.

Maddie se sintió avergonzada pero luego comenzó a reir. Se rio tanto que las mariposas en su estómago se convirtieron en calambres. Se puso en puntas de pies y besó al hombre en la boca.

Clara supo que algo andaba mal. Él alejó un poco la cabeza y la miró confundido. Sus ojos eran cada vez más celestes, parecían huecos que atravesaban su cabeza por los que traspasaba el color del cielo a sus espaldas.

Maddie lo besó de nuevo, Clara quiso detenerla pero no pudo. Acercó su cuerpo al del hombre y lo abrazó, él estaba inmóvil pero pudo sentir que tenía una erección. El cielo se oscureció de golpe y el hombre comenzó a crecer entre sus brazos. Como si estuviese hecho de arcilla lentamente tomó la forma de un minotauro. La criatura le desgarró la ropa y comenzó a penetrarla violentamente. Clara estaba aterrada pero no podía gritar.

Unos segundos después el monstruo comenzó a moldearse nuevamente hasta adoptar los rasgos de Lucho. Tenía sus pómulos, la mandíbula afilada y la nariz pequeña. El miedo la abandonó y la presión y calor entre sus piernas creció hasta volverse insoportable. Se sentía obscena, tenía ganas de hacer cosas de las que sólo había escuchado hablar.

La tensión crecía mientras acariciaba el cuerpo de eso que se parecía a Lucho. De repente se esfumó entre sus brazos. Por unos segundos pudo escuchar su respiración agitada.

 

V.

Ahora se encontraba en una sala en penumbras. La casa le parecía conocida pero no podía recordar porqué. Lucrecia apareció de repente, atravesó la sala y se sentó a su lado en el sillón. Entonces lo supo.

Había vuelto atrás en el tiempo hasta el día en que Lucrecia la invitó a la casa de sus abuelos para que la ayudara a estudiar química. Lucrecia, la más linda del liceo, la que andaba con uno de sexto. La misma que jamás le había dirigido la palabra a pesar de que eran compañeras de clase. Al principio creyó que era una especie de broma pero cuando estuvieron solas en ese mismo living supo que no lo era.

A pesar de saber lo que venía a continuación no pudo dejar de sorprenderse cuando ella se sacó la remera y el top deportivo que tenía debajo, sin mediar palabra y sin motivo aparente.

Sus pechos eran como dos duraznos pálidos de forma perfecta. Los pezones pequeños y claros. Era tal como la recordaba pero a diferencia de cuando estaba despierta esta vez se atrevió a tocarla.

Cuando se acercó a ella los dedos de Clara comenzaron a derretirse como manteca en una sartén caliente. El calor era tan intenso que su mano se derritió por completo mientras se deslizaba suavemente por los pechos de Lucrecia. Clara sintió un pánico horrible. Sabía que estaba dormida aun así intentó moverse mientras se derretía poco a poco. Trató de abrir los ojos pero era imposible.

Antes de poder reaccionar estaba corriendo de nuevo en la pradera verde fosforescente. Corría contra el viento que le pegaba la pollera celeste y el delantal blanco a las piernas. Los animalitos blancos estaban muertos, sus huesos crujían cuando los pisaba. Corría pero ya no veía las montañas a lo lejos, veía sólo el cielo en el que crecía una enorme nube negra en forma de hongo. De repente el suelo desapareció bajo sus pies y comenzó a caer. Gritó y pataleó con todas sus fuerzas pero seguía cayendo.

De un salto quedó sentada en la cama, jadeando y con todo el cuerpo cubierto de sudor. La humedad entre sus piernas era tanta que tuvo que correr al baño.

Se miró al espejo y su imagen le dio risa. Estaba despeinada con la frente brillante y las mejillas tan ruborizadas que parecían dos manzanas rojas.

– Con razón nos vacunan para que no soñemos.- se dijo sonriendo.

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