Gravedad

 

“Hola, hace tiempo que no sé nada de vos. Espero que esté todo bien.”

Laura no apartó los ojos de la pantalla hasta que vio aparecer las palabras Mariano está en línea y los dos tics azules en su mensaje.
Mariano está Escribiendo… Pausa. Escribiendo…. “Todo bien y vos. Disculpa que estuve perdido estos días. Mira Lau te voy a decir la verdad porque sos bien y no quiero mentirte. Apareció alguien del pasado. Disculpa.

La pantalla del celular se volvió borrosa pero ella se obligó a no llorar. Unos meses atrás mientras instalaba Tinder en su celular se había prometido no volver a llorar por nadie. Eso quería decir que no debía engancharse con nadie, menos con alguien con quién había salido sólo tres meses. Pero cómo iba a saber que en Tinder había hombres como él.

Mientras buscaba las palabras adecuadas recordó la primera vez que se vieron. Él se perdió y llego 20 minutos tarde. Corriendo, con la respiración agitada y unos mechones de pelo pegados en la frente llegó hasta la esquina en que lo esperaba Laura.

– Perdoná, me confundí Eduardo Acevedo con Acevedo Díaz y me fui para cualquier lado. Es que hace poco que vivo acá.

– Todo bien, lo bueno es que llegaste. – dijo ella. Él levantó la vista, le sonrió y ella supo que esa sonrisa no se le iba a borrar fácilmente.
Se sentaron en el bar a una cuadra de la casa de Laura y pidieron cerveza. Había elegido ese lugar para salir corriendo en el caso de que la cosa no anduviera bien. Pero fue todo lo contrario. Hablaron de cine, de sus familias, de ciencia y filosofía. Se contaron sus sueños, sus planes de mochilear y sus futuros tatuajes.

Fueron a comprar la tercera a un barsucho de la vuelta y se sentaron  en la esquina de lo de Lau. Él parecía tímido, se escondía todo el tiempo atrás de un mechón de pelo enrulado. Sentados uno junto al otro y ya un poco borracho Mariano la miró a los ojos.

– ¿Sabes lo que me fascina?- dijo.
– ¿Qué?
– La gravedad.
– ¿La gravedad?
– Si, mira la calle. Imaginate que el árbol que esta frente a nosotros, el contenedor, los autos, todo estuviera atado al piso por cuerdas invisibles. Sólo esas cuerdas los mantienen pegados al piso. Ahora… imaginá que esas cuerdas se rompen – dijo levantando lentamente la mano derecha. Con ese simple gesto todo comenzó a flotar a su alrededor, el árbol se desprendió sin esfuerzo de la vereda y comenzó a elevarse. El contenedor y sus bolsas de basura se esparcieron por el espacio encima de la calle, los autos quedaron suspendidos en el aire. Sin que Laura se diera cuenta se estaban besando y flotaban con la misma liviandad con que las demás cosas flotaban a su alrededor.

Laura agarró con fuerza el celular y miró la pantalla que seguía borrosa. “No te disculpes, está todo bien. Gracias por avisar.” Escribió.

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