Milanesas

Alicia sacó la carne de la heladera y apoyó la bandeja sobre la mesada. Era una espléndida pieza de fresca carne roja que bañada por la luz de la mañana brillaba como un gigantesco rubí. La había comprado la noche anterior ya que la carnicería del barrio (por suerte) trabaja hasta tarde. Las horas transcurridas dentro de la heladera hicieron que al moverla los jugos se desplazaran a lo largo de la bandeja blanca generando un largo y fino hilo sanguinolento.

Se deleitó con el hermoso color rojo y el tenue aroma fresco que ascendía hacia ella. “¡Que buena carne me vendió esta vez el carnicero!” pensó. “¡Bah! El ayudante del carnicero… el muchachito flaco y dientudo, ese, que habla poco pero mira demasiado… ¡No es para menos con lo cara que me salió!”

Deslizó el trozo de bola de lomo sobre la tabla de picar y con gran agilidad, sin desviar la mirada del trozo de carne abrió el cajón que se encontraba debajo de la mesada. Retiró de allí la herramienta, una filosa cuchilla con mango de madera. Esa cuchilla, algo desgastada por sus habituales enfrentamientos con la piedra de afilar, era el utensilio perfecto, aquel que la había acompañado en incontables preparaciones. Por un momento más, cuchilla en mano, examinó cuidadosamente el volumen, la veta y la posición del pedazo de carne de manera de encontrar el lugar preciso donde realizar la incisión, aquél que le aseguraría la mayor cantidad de bifecitos del tamaño perfecto.

Al posar su mano sobre el costado más plano del prisma de carne una extraña sensación la hizo estremecer. La palma de plano quedó posada sobre la carne, sintió su fría superficie, ligeramente pegajosa. Volvió a escrutar la pulida extensión, el vivo color rojo que tiraba a anaranjado, las diminutas y casi imperceptibles vetas de grasa que seguramente darían a sus milanesas un sabor incomparable. En ese momento lo sospechó…

Volvió a sentir la mirada del ayudante del carnicero, con las manos desnudas manchadas de sangre y salpicadas de trocitos de carne picada mientras elegía uno de los mejores cortes para ella, no sin antes repasar sin disimulo abultado su escote. Alicia sintió nuevamente esos ojos desnudándola y la asaltó el asco. No pudo dejar de pensar en esos dientes saltones y amarillentos que parecían derramarse fuera de la boca, y los pelos del enorme lunar junto a la nariz aguileña. Recordó también la sonrisa torcida de satisfacción mientras cortaba el trozo de carne que ella ahora tenía en sus manos. Y entonces lo supo…

Luego recordó haber visto al carnicero, al viejo, unos días atrás. El enorme hombre con cara de pocos amigos y bigote canoso entró a la carnicería casi a la hora del cierre con otros dos individuos corpulentos. Cargaban grandes bolsas negras y mientras caminaban dejaban a su paso un rastro de gotitas rojas.  Pudo recordar sus miradas cómplices y misteriosas, su agitación y nerviosismo al entrar a la cámara frigorífica. “Demasiado misterio para cargar una vaca muerta”, pensó. Entonces lo confirmó.

Para su sorpresa no retiró la mano de la carne, la observó nuevamente con atención. Era un corte demasiado hermoso, le había costado trescientos pesos y eran las 11 y cuarto de la mañana. Aunque quisiera preparar otra comida no le daría el tiempo, Alberto y los chiquilines llegarían a las doce en punto, y cuarto a más tardar, muertos de hambre.

Su respiración se agitó mientras deslizaba la cuchilla a través de las fibras que se desprendían al paso del filoso metal. Al retirar el primer trozo, el color de la carne en la parte interna parecía aún más vivo, más intenso, fresco y húmedo. Pudo sentir en su pecho crecer una gran expectación, una aguda opresión que la embargaba mientras terminaba de cortar los finos y perfectos trozos.

Acto seguido, el martillo. Que satisfacción sintió al apalear cada uno de los trocitos con aquel martillo tiernizador, las lascas saltaban a su alrededor, la adrenalina parecía encender su cuerpo. “¡Estas milanesas sí que van a estar tiernas!” Pensó mientras una sonrisa se dibujaba en su rostro. “¡Tiernas, tiernas, tiernas!” Pensaba con cada golpe del martillo.

Luego de aplacarse el éxtasis, se lavó las manos, se acomodó el pelo. Preparó los huevos batidos, el pan rayado condimentado y de más implementos necesarios para la tarea. Rebozar una milanesa es todo un arte, su secreto para una capa crocante y deliciosa era muy simple: pan rayado, luego pasar por huevo batido con sal y orégano, y pan rayado nuevamente. “Pan huevo y pan. ¡Pan huevo y pan!” Dijo alegremente como si cantara una canción infantil.

Al momento en que retiró la última milanesa de su infierno de aceite los comensales estaban cómodamente sentados a la mesa, reclamando alentados por el olorcito de las milanesas recién fritas. Alicia volvió a sentir la opresión en el pecho, su pulso acelerándose mientras escuchaba las voces demandantes. Miró la fuente rebosante de milanesas doradas, y absorbió su aroma, aún podía distinguirse la fragancia de aquél primigenio trozo de carne roja y fresca de la que provenían. La asaltó nuevamente la emoción y la misma sonrisa inquietante se adueñó de su rostro.

“¡Acá están las milanesas!” Dijo alegremente mientras posaba la fuente en el centro de la mesa. “¡Coman, coman que se enfrían!”

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