El minuto del lobo

Juan miró a través de la ventana de la cabaña. La oscuridad era tal que no podría adivinarse dónde terminaba el mar y dónde empezaba el cielo nocturno. Alma estaba a su lado como todas las madrugadas pero él se sentía solo. No era la soledad tranquilizadora y fértil que añoraba en los momentos de creación, aquella que lo había llevado a convencer a su esposa de mudarse a esa isla inhóspita. Esta era una soledad devastadora.

Miró a su esposa. Estaba sentada junto al farol, cabizbaja con los ojos apagados. La aguja y el hilo colgaban de sus dedos inmóviles. Su corazón se aceleró.

– ¡Alma, Alma! ¡No te duermas!

Ella levantó la cabeza, lo miró fijamente por unos segundos y se acarició el vientre hinchado. Le inquietó ver la mirada de su esposo, las pupilas dilatadas, los ojos exageradamente abiertos, las ojeras oscuras.

– Ya falta poco, Alma.

– Juan, tenés que dormir un poco.

– Muy pronto voy a poder dormir, pero no ahora. Pronto… cuando amanezca…

Juan comenzó a caminar frenéticamente de un lado a otro de la sala. Alma lo miró brevemente sin prestarle atención, estaba acostumbrada a sus sobresaltos. El ritual se repetía todas las madrugadas desde hacía meses. Ella le contaba alguna historia del pueblo, de los pescadores, alguna noticia que había podido distinguir por fuera de la interferencia constante de la radio. Cualquier cosa que lo mantuviera despierto hasta el amanecer. Luego podría dormir.

Juan se sentó frente a ella y miró su reloj de pulsera.

– Un minuto es un inmenso período de tiempo… Ya está por comenzar…

– Juan…- Balbuceó ella suplicante.- Sabes que hoy sentí que el bebé pateaba y como estaba lindo salí a buscarte a la playa. Me imaginé que estarías ahí pintando…

-¡SHH! – la cortó con vehemencia – ya empezó- hizo una pausa sin apartar los ojos del reloj. – Van diez segundos.

Alma intentó volver a su costura.

– ¡Más segundos!, ¿ves?, ¡tarda demasiado!

Ella suspiró hastiada. Trató de ver al hombre que conoció siete años atrás, el joven artista lleno de vida y furia creativa, el padre de la criatura que ahora llevaba en su vientre. Pero ese Juan se alejaba del hombre que tenía en frente como la imagen desenfocada de un objeto al verlo muy de cerca.

Inquieta se acomodó en el sillón y sintió que el bebé se movía dentro de su vientre.

– Treinta segundos- suspiró Juan.

Alma fijó su vista en en la pared de la cabaña y sin darse cuenta comenzó a contar mentalmente los segundos. 31… 32… 33… tomó conciencia de lo largo de ese minuto.

Vio una sombra moverse en la pared, -es imposible- pensó ya que todo estaba inmóvil.

– Cuarenta…- dijo Juan con la voz ahogada. Era una advertencia.

Alma seguía mirando la pared, la criatura en su vientre se hizo sentir, se movió  y lanzó patadas que sintió en la parte de adentro de sus costillas. Puso las manos sobre la camisa que cubría la estirada piel como tratando de calmarlo, pero era difícil hacerlo cuando ella misma estaba perdiendo la calma. Las sombras parecieron responder, se movieron convulsivamente, enardecidas. Pudo distinguir formas. Una figura humana que parecía gritar entre llamas negras. Sobre ella aleteaban miles de cuervos. Luego se convirtieron en fantasmales caballos negros, escuchó sus cascos en el suelo de tierra, las paredes de piedra vibraron.

Alma se aferró a su vientre, la criatura seguía moviéndose y ella comenzaba a sentir dolor.

– Juan…

– ¡SHH! Cincuenta segundos… ¡ya casi termina!

– ¡Juan por Dios!

Tragó saliva. Los caballos parecieron licuarse y se convirtieron en manchas negras que avanzaron hacia ellos como densas nubes de tormenta. Alma sintió que su corazón se aceleraba, una presión insoportable se apoderaba de su vientre ahogando a la criatura que se movía desesperada.

– 58… 59… Ya está… – Dijo él exhalando aliviado.

Alma vio las sombras avanzar y con un veloz movimiento entraron en ella a través de la abertura de su entrepierna. Un dolor agudo atravesó su cuerpo y sintió que la partía en dos. Gritó como su esposo jamás la había oído gritar. Era un aullido gutural, desgarrador que atravesó la isla y sacudió la cabaña desde sus cimientos. Juan la miró aterrorizado. La vio sentada sobre un charco de sangre espesa y oscura, su rostro era una máscara de dolor.

Aún faltaba para el amanecer pero su hora ya había llegado.

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