Salvo

Salvo

Marcos miró la máquina de escribir. El silencio de sus dedos lo enloquecía. Durante un mes completo esos dedos no habían atacado las teclas metálicas.

La visión de la hoja en blanco le resultó insoportable así que miró hacia la ventana. No había mucho que ver allí tan sólo el pozo de aire y el muro gris del apartamento de enfrente, pero era una vista más agradable que la hoja en blanco.

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La taba

La taba

– Es un varoncito por fin, estoy segura Justino- dijo Soledad agarrándose el vientre. Cuando la contracción fue demasiado intensa tomó la mano de su marido y la apretó con fuerza. Justino no pudo más que estremecerse ante aquella premonición. No podía decirle a su mujer que estaba en lo cierto, que él lo sabía hacía ya tres meses. Tampoco podía decirle que su propia torpeza había convertido lo que más añoraba en una horrible maldición.

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Lloyd 451

Lloyd 451

– Señores, es claro que nuestra brigada se enfrenta a grandes dificultades. El interés en los libros desciende día a día.- Dijo el coronel Morgan con gravedad.

– Las imprentas clandestinas han dejado de funcionar por el poco interés en la lectura y el excelente trabajo realizado por este cuerpo de bomberos ha llevado a las piras a más del 99% de los libros que aún quedaban, lo cual es un éxito, pero pone en peligro la existencia de nuestra organización- Agregó el comandante Green.

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La hora de los perros

La hora de los perros

El reloj marcó las 3.01. Dos respiraciones después el ladrido de un perro se escuchó lejano, luego dos más, cortos y seguidos. Después el segundo perro, y el tercero. Así fueron sumándose al coro los perros de todo el barrio, de toda la ciudad, hasta que el ruido se convirtió en una masa gigante que parecía invadir cada rincón del mundo.

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Pequeñas Latencias Laborales

Pequeñas Latencias Laborales

3.

Me gustaba observar fijamente el chorro de café cayendo dentro del pequeño vasito descartable, también escuchar el zumbido de la máquina dispensadora pretendiendo no darme cuenta de que él se encontraba detrás de mi, muy cerca y casi en puntas de pie, con su respiración rozando levemente mi hombro mientras trataba de decidir cual de los extraños beberajes ofrecidos lo acompañaría esa mañana.

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